Bestiario Furioso A Siren and a Centaur; Unknown; Thérouanne ?, France (formerly Flanders), Europe; about 1270; Tempera colors, gold leaf, and ink on parchment; Leaf: 19.1 x 14.3 cm (7 1/2 x 5 5/8 in.); 83.MR.173.78

Published on febrero 21st, 2015 | by Alfredo Mateos Paramio

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Los amores secretos de la sirena y el centauro

Los bestiarios medievales oscilan entre su uso antijudío por los monjes ingleses y la resignificación que los judíos europeos hacen de muchos de sus elementos, integrando así en su cultura parte de la tradición grecolatina. No sólo hay que prestar atención al texto, porque también las ilustraciones constituyen un coto de sentido, tal y como muestra la historia de los amores secretos de la sirena y el centauro que figuraba en una de las secciones de la exposición Bestiarios medievales. Fieras entre judíos y cristianos que tuvo lugar en el Museo Sefardí de Toledo en 2015.

La mayor parte de los seres mitológicos del panteón griego están ausentes de los bestiarios medievales: el caballo alado Pegaso, el Cíclope, las ninfas o la esfinge, entre otros muchos. La explicación hay que buscarla en el misterioso texto que constituye el punto de partida de todos los bestiarios: el Physiologus, compuesto por un griego de Alejandría en la segunda mitad del s. II convertido al cristianismo y que toma de los muros egipcios y de las fábulas orales unos cuantos animales, y los mezcla con citas de la Biblia para ejemplificar con ellos por qué Cristo decidió apartarse de los judíos y predicar su mensaje a gentiles como él.

Sin embargo, aunque parece querer evitar cualquier alusión a las creencias paganas de su tradición de origen, hay dos figuras que el anónimo autor de aquel texto combativo recupera de la mitología griega, y que no dejan de ser una inversión, curiosamente, de los dioses egipcios de cabeza de animal que le rodeaban en Alejandría. Se trata del centauro y la sirena, dos seres con rostro humano pero cuyo cuerpo de bestia prolonga y resuelve su naturaleza desmedida. La justificación que para ello invoca el Fisiólogo es un pasaje de las profecías de Isaías sobre Babilonia completamente transfigurado, y donde en lugar de los dragones, las avestruces y las cabras de la versión de la Vulgata (Isaías, 13:21), reúne a estas dos antiguas criaturas mediterráneas junto a demonios y erizos: “Isaias propheta dicit, Sirenae et daemonia saltabunt in Babylonia, et herinacii et onocentauri habitabunt in domibus eorum.”, “Sirenas y demonios danzaban en Babilonia, y erizos y onocentauros habitaban en sus casas”. No nos ha llegado el texto griego original del Physiologus, sino una versión latina traducida probablemente en Egipto a finales del s. IV.

A continuación de esta cita, el Fisiólogo, el “Naturalista”, desentraña el sentido alegórico de nuestras dos fieras con rostro, empezando por las sirenas, “animales mortíferos” que hasta el ombligo tienen figura humana y hasta los pies tienen forma “de volátil”, siguiendo la versión clásica. La mayor parte de las ilustraciones posteriores de los bestiarios las representarán no obstante con cola de pez, cuando no combinando ambas características.

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Sirenas. Biblioteca Municipal de Dijon. Ms 526, f.023v.

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Sirenas. Oxford, Bodleian Library. Ms.Bodley.764. f074v. El pintor acentúa las costillas bajo la piel de las sirenas a punto de iniciar el abordaje, quizás para resaltar su hambre, así como la expresión de felicidad en sueños del marinero ocupado del timón.

De las sirenas dice el Fisiólogo que emiten “un canto de dulcísima melodía” que “acaricia de lejos los oídos de los navegantes” y cuya “suavidad excesiva de su prolongada modulación” les arrebata los sentidos y los sume en el sueño, momento en el cual se abalanzan sobre ellos y “les desgarran las carnes”. A diferencia de las interpretaciones alegóricas posteriores, el Fisiólogo no advierte aquí ni contra el demonio ni contra las mujeres, sino contra la perturbación que le ocasionaba “el deleite voluptuoso del teatro” y la disolución de su espíritu por las “diversas melodías musicales”, como si tuviera miedo de esa segunda alma que, según Cioran, alumbra la música dentro de cada uno.

La caprichosa traducción del pasaje de Isaías permite al Fisiólogo emparejar con la sirena al centauro, cuya doble naturaleza de hombre y équido atribuye a los hombres “bilingües” y malvados, que entienden y no entienden a la vez lo que se les dice.

El manuscrito del Fisiólogo fue redescubierto por los monjes ingleses, que lo utilizaron en plena polémica antijudía entre los siglos XI y XIII, completando sus referencias con otros autores como San Isidoro y exacerbando tanto el poder de seducción de la voz de las sirenas como la violencia del centauro.

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Sirenas y centauros. Oxford, Bodleian Library, Ms.Bodley 602, f010r.

Los ilustradores reinterpretaron también por su cuenta ambas figuras agregándoles nuevos elementos simbólicos, no siempre de manera ortodoxa. Así, la sirena, además de tener cola de pez aparece con frecuencia dotada de un peine y un espejo, e incluso portando una corona.

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Sirena. Versión provenzal de mediados del s. XIV de la enciclopedia de Bartolomeus Anglicus De propietatibus rerum. París. Bib. St. Geneviève, Ms.1029. f258v. El pigmento de plata se ha despegado del espejo (o nunca llegó a ser aplicado) y ha dejado al descubierto el papel en el pecho de la sirena.

Ambos elementos, el peine y el espejo, parecen reforzar la identificación de la sirena con cierta imagen clerical de la mujer, descrita a veces como un ser abstraído en su propia contemplación y cuidado y quien, según el Malleus malleficarum (el Martillo de las Brujas de los inquisidores Kramer y Sprenger), “cuando piensa a solas, piensa en el mal” (mulier cum sola cogitat, mala cogitat). Llama la atención su evidente paralelo con las representaciones de la Virgen María, provista también de un espejo narcisista como símbolo de su pureza.

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Sirena y marineros. British Library, Sloane Ms.3544. f028v.

Confieso que yo personalmente prefiero a la sirena ansiosa, ya sea en el acto de abatir a los marineros, como en el Ms. 526 de la Bib. Mun. de Dijon, o como en el Ms. Sloane 3544 de la British Library, en el que la sirena agarra firmemente el cuerpo escurridizo de dos peces fuera del agua, trasunto acaso de los dos marineros dormidos. Como si fuera consustancial al deseo y a la música el mantenerse palpitando en otro medio insuficiente, irrespirable, al borde del naufragio y la devoración.

Quizás sea esa avidez sin freno la que le permite a la sirena traspasar las fronteras de la realidad y el sueño, del aire y del agua, y sea también esa voracidad, entonces, la condición de su belleza en grito y el precio de su ligereza insomne. En las ilustraciones del Bestiario Amoroso de Richard de Fournival, el agua ha desaparecido bajo las sirenas musicales, pero ellas se sostienen, con su cola de pez, leves como pájaros, en el aire geométrico del sueño del protagonista.

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Sirenas. Richard de Fournival, Bestiaire amoureux. BNF. Ms. Français. f070r.

También el Centauro, o el Onocentauro, como le llaman algunos textos, es un ser con doble naturaleza que la tradición clásica liga por un lado a la sabiduría, en el caso del centauro Quirón, tutor de Aquiles, Teseo y Heracles, y por otro al deseo desbocado, ejemplificado por el centauro Neso, cuya sangre recogida por Deyanira sigue quemando después de muerto. Algún eco de la inteligencia del centauro persiste en los herbarios medievales (Sextus Placitus. De medicina ex animalibus, Oxford, Bodleian Library, MS. Ashmole 1462, f 23r), pero en general esta alianza entre fiera y hombre encarna, más que la denuncia de la lujuria, el pánico al vértigo alterador del deseo y su ímpetu desaforado. Así lo revelan algunas de las ilustraciones del centauro, en las que se aprecia cómo el arco que usualmente tensa entre sus manos se ha transformado en el cuerpo curvo de la serpiente que en el Paraíso ofrecía gustar del fruto del árbol de la vida.

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Centauro. British Library, Royal. Ms.12.C.xix., f 008v.

Esa proximidad del centauro con lo demoníaco y su poderosa ambigüedad se manifiesta también, sorprendentemente, en otra tradición de manuscritos mucho menos estudiada: el uso esotérico de la imaginería del bestiario en las iluminaciones judías de finales de la Edad Media.

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Centauros y dragones. Catalan Micrography Mahzor.
Israel National Library. Ms.Heb.8°6527. f010v.

Dalia Ruth Halperin ha desentrañado la particular alianza entre los textos hebreos y la micrografía de la página de centauros y dragones del mahzor catalán del s. XIII de la Biblioteca Nacional de Israel, que dibuja con letras dos centuros volviendo las grupas y agarrándose, mientras sostienen las colas en forma de hoja de parra de dos dragones mordiéndose las bocas. El brazo izquierdo de los centauros está escrito con los salmos 1-4, que hablan del perdón a los justos, y el brazo derecho con los salmos 7-9, que tratan de su resurrección, dos textos que en los midrash cabalísticos se refieren al equilibrio entre el juicio y la gracia, y a la reunión mesiánica de la luz del sol y la luz de la luna. La imagen en espejo de los dragones y los centauros replicaría la doble naturaleza, celestial y terrestre, del devoto, y pondría de relieve su carácter indisociable: corresponde al iniciado aceptar la constante contradicción entre sus dobles pasiones.

Los artistas judíos, o los iluminadores cristianos que trabajaron bajo la indicación de patronos judíos, como ocurrió especialmente en Cataluña, no sólo se ocupan de fijar mensajes de contenido cabalístico. Gran parte de las ilustraciones, sobre todo en las Haggadot que se leían en la Pascua judía, tienen un contenido popular, de carácter político en ocasiones, pero también festivo, como revelan las figuras híbridas de rostros judíos y cuerpo de dragón en muchas de ellas. El Sidur castellano del s. XIV que se conserva en la Staatsbibliotek de Berlín anima las letras hebreas que encabezan los capítulos prolongándolas en cabezas humanas y cuerpos animales, incluyendo la aparición en el margen inferior de esta sirena alada:

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Sirena en el margen inferior de un sidur castellano del s. XIV.
Berlin StaatsBibliotek. Ms.Or.Hamilton.288. f.7v.

La aparición de esta figura fantástica femenina en un texto sagrado hebreo está influida seguramente por el hecho de que las diferentes comunidades, judías y cristianas, no vivían de manera tan separada como les gustaría creer a muchos estudiosos, y que tanto unas como otras se dejaban fascinar por el poder de las imágenes que se desbordan en la iluminación de manuscritos, especialmente a partir del s. XIII. Los márgenes limpios de los mahzorim y de los Libros de Horas, libres de significación obligada, proporcionan espacio para la subversión, permitiendo una orilla en la que los monstruos adoptan la condición femenina y campan por sus fueros, libres y tranquilos, junto a las zarzas de las letras:

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Centaura amamantando a su hijo.
British Library. Ms.Add.62925. f058v.

La coincidencia del centauro y la sirena en el mismo capítulo del Physiologus va más allá de su presencia común en la arbitraria cita de Isaías. Aunque el escritor alejandrino no los relacione directamente, al poner el acento en su misma naturaleza duplicada y excesiva estaba propiciando lo que ocurrirá posteriormente en las imágenes: que vuelvan el rostro el uno hacia el otro, y resuelvan la soledad a la que su desmesura particular les condenaba. El Ms. Sloane 278 de la British Library ilustra en el mismo espacio el anhelo paralelo de cada uno por lo que está fuera de su alcance: la sirena por el navegante de superficie al que arrastra de sus cabellos hacia las profundidades; el centauro con su flecha enhiesta lanzada hacia no sabemos qué lejana herida.

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Sirena y centauro. British Library, Sloane Ms 278, f 47r.

Acaso por esa íntima vecindad, cuando se cruzan las miradas de la sirena y el centauro, desaparecen del fondo los barcos y los bosques. Al igual que en el mahzor catalán, la mayor parte de las ilustraciones los sitúan en la tensión de un doble movimiento: por un lado, sus cuerpos parecen alejarse, al mismo tiempo que ellos se vuelven y hacen gestos para encontrarse.

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Sirena y centauro. Oxford. Bodleian Library. Ms. Laud Misc.247. f. 147r. El texto de este manuscrito fue copiado en torno a 1110-30, pero las ilustraciones fueron añadidas hacia 1300.

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Sirena y centauro. Bestiary & Aviairum. Getty Museum. Ms.Ludwig.XV.4. f. 81v. Las ilustraciones de este bestiario se atribuyen a un taller franco-flamenco de Thérouanne, en torno a 1280. Las similitudes con el Ms. Laud. Misc. 247 inglés de la Bodleian Library permiten presuponer una tradición iconográfica anterior.

La imagen que ilustra este ensayo, el centauro encabritado y volviéndose hacia atrás para mirar a la sirena que se contempla en el espejo expresa mejor que ninguna otra ese contacto teñido de ausencia:

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Sirena y centauro. Getty Museum. Ms. Ludwig XV.3 f.78r.

Sin embargo, estas parejas de sirena y centauro que se alejan y se acercan no representan el linaje original del encuentro entre ambas criaturas en las ilustraciones del Physiologus, sino un estadio posterior muy mediatizado por la codificación iconográfica y semiótica de los bestiarios al servicio del miedo al pecado y la exclusión de los infieles, y que culminaría con la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290.

Para hallar la complicidad que, desde el primer momento, establecen la sirena y el centauro en los márgenes del texto del Physiologus tenemos que acudir a los primeros textos de los que tenemos noticia, aunque ello suponga rescatarlos, en algún caso, del fuego que los devoró. Así, por ejemplo, el códice perdido del Physiologus bizantino, probablemente del s. XI, que ardió en el asalto por las tropas turcas de Escuela Evangélica griega de la ciudad de Esmirna en 1922, y que afortunadamente había sido fotografiado parcialmente unos años antes.

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Sirena y centauro. Physiologus. Codex B8 de la Escuela Evangélica de Esmirna. f. 13v.

En la ilustración correspondiente a la sirena y al centauro, ambos están nimbados como si fueran santos y se encuentran frente a frente. La sirena tañe un plectro y canta para el centauro, quien sostiene en su mano derecha un espejo y en la izquierda lo que parece una tea encendida. Desconocemos muchos de los códigos simbólicos de la teología bizantina de esa época, pero cómo no pensar en la “doble llama” que arde en los cuadros de Magdalenas nocturnas de Georges La Tour, y en cómo el fuego contenido y el agua luminosa de ese espejo refiguran otra versión de la llamada interminable y numerada de la sirena.

 

Sin embargo, es en otro manuscrito más antiguo donde mejor se manifiesta el entendimiento primordial entre la devoradora de marineros y el centauro fogoso. Se trata del Codex 318 de la Burgerbibliotek de Berna, copiado en el entorno de la ciudad de Reims entre los años 825 y 850, pero cuyas ilustraciones, como mostró Helen Woodroof, reproducen probablemente un modelo de la escuela pictórica de Alejandría en torno al s. IV, de la misma época que el Virgilio egipcio de la Biblioteca Vaticana (cod. Lat. 3225), con el que comparte el uso del color, las bandas exteriores y el naturalismo de las figuras. Uno de los ejemplos más antiguos, por tanto, de iluminación de un manuscrito occidental.

 

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Sirena y centauro. Bern. Burgerbibliotek. Cod.318. f 013v.

En el reverso del folio 13 del códice, aparece la pintura que ilustra el pasaje del Phisiologus sobre la sirena y el centauro. Rompiendo el marco anaranjado tiene lugar la danza dionisíaca del encuentro, casi con los tirsos en la mano, entre ambas criaturas, que extienden hacia sí sus manos libres y abiertas. La sirena aparece con cola de pez, fuera del agua, en la misma orilla que el salvaje centauro que parece alborozarse igualmente. Unos asombrados marineros, a mucha menor escala, contemplan la escena desde un barco con forma de pájaro mudo. El pigmento se ha desprendido de numerosas zonas y se ve la piel del pergamino, haciendo casi irreconocibles los rostros de las dos figuras protagonistas y otorgándoles un extraño aspecto entre humano y animal, entre fiero y delicado, que refleja mejor que ningún espejo la vida doble de su ansia pensativa.

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Vendrán después las solitarias sirenas medievales peinando el río de sus cabellos infinitos, los centauros con su arco vacío entre los dedos, pero ambos seguirán cruzando sus miradas sobre la piel de los manuscritos, aunque sea a distancia. Más tarde, con el Renacimiento y la reedición de los textos clásicos, las dos únicas criaturas que sostuvieron juntas la Antigüedad pagana durante 10 siglos volverán a separarse para ser usadas como soporte de ventanas y tenantes de escudos nobiliarios, sin que nadie advierta que, desde aquel encuentro lejano en Alejandría, desde la llegada de los bárbaros, la sirena y el centauro comparten secretamente su alegría insaciable y desbocada.

CONTINUARÁ

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